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Mi experiencia en elBulli…por Berta

Como sabéis, el pasado 4 de Mayo Dule y Yo tuvimos por fin la oportunidad de acudir a elBulli, merito absoluto de mi chico que, pese a que el ya había ido, hizo lo imposible por yo fuera también, pero eso si, con mayor satisfacción ya esta vez la mesa se la dieron a el personalmente después de casi siete años intentándolo.

A continuación voy a intentar transmitiros mi experiencia, lo que significa que es personal e intransferible, es decir, que no pretendo condicionar  a nadie ni que os hagáis una idea preconcebida de la cocina que allí se realiza. Intentare caer en el menor número  de  tópicos posible, aunque he de  deciros que alguno de ellos se cumple.

Lo primero que quiero contar es que el trato fue exquisito, nos atendieron de maravilla, atentos a cualquier necesidad que pudiéramos tener, y aunque respetando siempre un estricto protocolo en el servicio, lograron crear un ambiente distendido en el que poder disfrutar plenamente de la cena.

Lo mismo hay que decir del entorno. Llegar a Cala Montjoy, es precioso, me quede con ganas de disfrutar más del lugar.

Dicho esto voy a intentar describir la cena en sí, recordad que no voy a ser nada objetiva, no puedo limitarme a describir cada plato, 46 nada menos (sería un rollazo) y no explicar las sensaciones que la cena me transmitió en su conjunto.

Pero antes algo que me llamó la atención nada más llegar al Bulli es que te sientes como un guiri al que llevan de visita por Roma, el propio taxista que te lleva se ofrece para hacerte una foto en la puerta y nada más entrar te hacen una ruta turística por la cocina, como si fuera lo más normal del mundo. De hecho cuando le transmití a la chica que nos acompañó que era como una intromisión irrumpir las 50 personas que íbamos a cenar en el Sancta sanctórum del restaurante, casi le extrañó porque para ella era lo habitual y el pobre Ferrán Adria ya estaba preparado para hacerse la foto con todo el mundo y dedicarles unas palabras.

Una vez que vimos la cocina, nos sentamos a cenar y empieza la función. Desde el primer momento eres el protagonista pero no tienes el control, los tiempos los marcan otros, no puedes deleitarte en un plato porque como te despistes un poco,  son tan efímeros que los puedes ver desaparecer delante de tus narices. Por eso lo de ir al aseo lo tienes que avisar no sea que cuando vuelvas ya no puedas coger lo que te ibas a comer ya que les encanta que comamos con los dedos

Por eso en mi opinión se sacrifica demasiado el sabor en favor de la estética y el elemento sorpresa en algunos de los platos, lo que después de 46 platos deja un poco de serlo,  pecando quizás de hacerlos excesivamente fríos. Curiosamente los que más me gustaron fueron aquellos que podía identificar como los canapés de jamón y jengibre, muy delicados, espaguetis a la carbonara, la gamba en 2 cocciones y la cigala estaban perfectas, el plato de Andalucía, los guisantes y sobre todo la caja final de chocolates que prácticamente no pude probar porque estaba muy llena ¿de comer?

Que quede claro no quiero desmerecer ninguno de sus platos, además quien soy yo, una mera aficionadilla. Son auténticas obras de arte (aunque para mi siguen siendo más bonitas las de Susi Díaz) con una clara demostración de un dominio absoluto de la técnica, pero que, tal y como Ferrán explicó en alguna de sus conferencias, no creo que consiga universalizar. Puede que al final sea cada vez más habitual introducir en nuestro lenguaje gastronómico palabras como aires, espumas, deconstrucción, mimético, pero no creo que logre tener la suficiente entidad como para constituir en sí mismo un lenguaje propio a nivel mundial, sólo se hablaría en círculos a los que no todo el mundo puede/quiere  acceder. Quizás nuestros hijos utilicen algunas de sus técnicas como hoy en día freír un huevo, pero no se puede sostener un alimentación tan basada en la alquimia por así decirlo. Prueba de esa química y quizás con lo más te impacta nada más comenzar la cena fueron los cócteles sólidos.

No quiero dejar de destacar el trato tan agradable y el buen consejo que nos brindó el sumiller Ferrán Centelles, que acertó en nuestra inclinación por vinos algo distintos como fue el Chablis Les Vaillons “Les Minots” 2009, aunque eso sí, sin renunciar a mi Champagne del alma, en esta ocasión un La Closerie Les Begines. Dule tomó además unas copitas de Cotes-du-Rhone Cuvee Syrah 1998 de Chateau de Fonsalette

Lo mejor de todo la compañía, la de mi marido, que lo quiero con locura, nos reímos muchísimo y pese a lo cansado del viaje relámpago, sobre todo volví a estar relajada, que desde que he tenido a mi niña no lo he estado mucho. Así que no puedo dejar de agradecérselo y que cuando quiera estoy dispuesta a repetir, aunque no sea aquí…

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